Ayer vi CUMBRES BORRASCOSAS y salí del cine más orgullosa que nunca de ser humana
Ayer vi CUMBRES BORRASCOSAS y salí del cine más orgullosa que nunca de ser humana
Por Juanita Bell

Hay algo profundamente inquietante en sentarse a oscuras frente a una pantalla y dejarse arrastrar por pasiones que no entiendes pero reconoces. Ayer salí del cine después de ver "CUMBRES BORRASCOSAS" y caminé en una noche fría hacia el parqueadero, pensativa y con una certeza que me atravesaba el pecho: ninguna inteligencia artificial podrá jamás crear esto. Ni sentirlo. Ni comprenderlo de verdad.
Y me sentí, por primera vez en mucho tiempo, inmensamente orgullosa de ser humana.
El arte que solo podemos hacer nosotros
El arte que solo podemos hacer nosotros
Vivimos en una era donde las máquinas escriben textos, generan imágenes, componen música. Cada día nos dicen que la IA está más cerca de "pensar como nosotros". Pero hay una grieta insalvable entre simular y sentir. Entre analizar patrones de datos y temblar ante el primer roce de un deseo prohibido. Entre procesar palabras y conocer la vergüenza de una obsesión que te consume.
Cumbres borrascosas —tanto la novela de Emily Brontë como esta nueva adaptación de Emerald Fennell— existe en ese territorio exclusivamente humano: el de las emociones contradictorias, violentas, inexplicables. El amor que es odio. El deseo que es destrucción. La pasión que no busca redención sino consumirse hasta las cenizas.
Una máquina puede aprender que Heathcliff y Catherine se aman. Pero nunca sabrá lo que significa decir "no te amo, SOY tú".
Respeto todas las críticas, pero mi análisis va más allá
Respeto todas las críticas, pero mi análisis va más allá
Sé que esta película ha dividido opiniones. Algunos críticos la celebran como un romance gótico decadente, visualmente deslumbrante, con química palpable entre Margot Robbie y Jacob Elordi. Otros la acusan de prostituir el original, de reducirlo a un desfile de moda con sexo explícito, de eliminar la complejidad narrativa que hace grande a Brontë.
Y tienen razón. Todos tienen razón.
Porque ese es precisamente el punto: las grandes obras no necesitan consenso. Necesitan provocar algo en ti. Y esta película lo hizo.
No soy experta en cine. No voy a discutir si Fennell traicionó la estructura del libro o si las escenas eróticas tienen impacto dramático. Lo que sé es que durante dos horas viví dentro de un universo de pasiones, sexo, dependencia, obsesión, violencia y amor —todos esos sentimientos borrascosos, contradictorios, a veces aborrecibles— y reconocí algo profundamente humano en ellos.
Todos hemos estado ahí. En relaciones donde nos movíamos entre el apego y la autodestrucción. Donde amábamos y odiábamos al mismo tiempo. Donde sabíamos que algo nos hacía daño pero no podíamos —no queríamos— soltarlo.
Y ninguna IA podrá procesar eso. Porque no se puede cuantificar el temblor de querer y repudiar a la misma persona. No hay algoritmo para la contradicción de sentirte viva solo cuando estás destruyéndote.
Lo que hace que seamos insustituibles
Lo que hace que seamos insustituibles
Salí del cine sintiendo un orgullo extraño, casi visceral, de pertenecer a esta especie caótica y vulnerable.
Orgullo de los escritores como Emily Brontë, que en 1847 —reclusa, enigmática, condenada a morir a los 30 años— imaginó una historia tan brutal y despojada de moralidad que tuvo que esconderse tras un seudónimo masculino para publicarla.
Orgullo de los actores que se entregan a la vulnerabilidad extrema, que permiten que sus cuerpos y sus rostros sean el lienzo de emociones que no tienen nombre.
Orgullo de quienes hacen películas —imperfectas, polémicas, divisivas— que nos sacuden porque tocan nervios que ni siquiera sabíamos que teníamos.
Celebro nuestros errores, nuestras contradicciones, nuestros arrebatos inexplicables. Es en esa vulnerabilidad donde reside nuestra grandeza.
La inteligencia artificial puede simular. Nosotros sentimos.
La inteligencia artificial puede simular. Nosotros sentimos.
Las máquinas pueden analizar millones de historias de amor y generar una nueva. Pueden estudiar patrones narrativos, identificar arquetipos, reproducir estructuras. Pero nunca conocerán la desesperación de querer ser otra persona. El vértigo de perder los límites de tu propia identidad. La contradicción de que tu mayor deseo sea también tu mayor tormento.
Eso es lo que hace que Cumbres borrascosas —el libro, la película, cualquier versión de esta historia— pues sige viva casi dos siglos después. No es la trama. No son los personajes. Es que nos reconocemos en esa oscuridad.
Y ese reconocimiento, esa chispa que salta entre el arte y quien lo recibe, es profundamente, irrepetiblemente, gloriosamente humana.
Un manifiesto disfrazado de reseña
Un manifiesto disfrazado de reseña
Así que sí, vi una película polémica. Dividida en críticas. Algunos la aman, otros la detestan. Quizás no sea la mejor adaptación. Quizás sea imperfecta.
Pero me hizo sentir. Y eso, en la era de la inteligencia artificial, es un acto revolucionario.
Porque mientras las máquinas sigan sin poder temblar ante una obsesión, sin poder contradecirse, sin poder amar y odiar con la misma intensidad desgarradora, seguiremos siendo nosotros quienes creamos, sentimos y entendemos el arte que nos rompe.
Y ayer, saliendo de ese cine, caminando bajo el cielo plomizo de la sabana de Bogotá como los páramos de Yorkshire, celebro eso.
Celebro ser humana. Con todo lo borrascoso que eso implica.
Juanita Bell
¿Has visto Cumbres borrascosas? ¿Qué te hizo sentir? Porque al final, eso es lo único que importa.
