La trampa del “Yo + IA” - Adriana Páez Pino

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En mi serie Descubriendo la IA en el trabajo hay una pregunta que no me suelta desde que la IA dejó de ser “algo para probar” y se volvió parte del día a día.

¿Qué pasa con el trabajo cuando el modelo “Yo + IA” se vuelve el camino automático para casi todo?

Traigo este tema al blog esta semana porque estoy viendo cómo se instala una exigencia silenciosa. Más productividad, más rapidez, más entregables. Y, en paralelo, una práctica que parece eficiente pero cambia el ecosistema de fondo. Resolvemos cada vez más sin pasar por la conversación con otra persona. No por falta de colaboración, sino porque el atajo existe y funciona. El punto es lo que ese atajo va desplazando sin aviso.

No hablo de “hablar por hablar”. Hablo de conversación de calidad. De esas micro-interacciones que sostienen el trabajo sin salir en ningún tablero. Pedir una segunda mirada antes de enviar algo importante, contrastar una idea con alguien que conoce el contexto, afinar un criterio, alinear prioridades sin suposiciones, aprender cuando escuchas cómo piensa otra persona.

Y ahí entran los agentes, que están empezando a ocupar más espacio del que creemos. Ya no es solo “Yo + IA” ayudándome a redactar o resumir. Es “Yo + IA” ejecutando pasos. Consultando información, coordinando tareas, preparando decisiones, empujando procesos. Eso libera tiempo, sí. Pero también reemplaza momentos en los que antes necesitábamos hablar para entender, para acordar, para construir confianza.

Lo interesante es que cuanto más delegamos, más pesa la validación. Y validar no es solo ver si quedó bien o si el flujo corrió sin errores. Validar es preguntarse si aplica aquí, qué contexto no está viendo, a quién impacta, qué está asumiendo, qué riesgo introduce. Esa validación no es un check técnico. Es criterio humano.

Este blog no busca frenar la adopción ni idealizar el pasado. Busca algo más útil. Encontrar el equilibrio. Automatizar lo repetible sin convertir la relación en un “extra”. Porque en 2026 la ventaja no será usar IA por usarla, sino implementarla con criterios claros y sostener, a propósito, el tejido humano que hace posible la colaboración.

Cuando “Yo + IA” reemplaza conversación

Hay un detalle que me parece clave. La IA no solo está cambiando tareas, está cambiando el camino para resolverlas. Antes, cuando necesitábamos destrabar algo, el paso natural era una persona. Un mensaje rápido, una llamada, un “revísame esto”, una conversación corta para entender el contexto.

Hoy el primer paso suele ser distinto. Abrimos el chat, pedimos una respuesta, pedimos ideas, pedimos un resumen, pedimos un correo, pedimos un plan. Es eficiente. Y en muchos casos es mejor que interrumpir a alguien. Pero si esa eficiencia se vuelve hábito, empieza a ocurrir algo sutil. Disminuyen las conversaciones que no eran “reuniones”, pero que sí eran coordinación fina.

Por eso me gusta nombrarlo como “Yo + IA”. Porque describe una forma de trabajar en la que la relación con el equipo se vuelve opcional. Resuelvo sola, avanzo sola, entrego más rápido. Y luego, cuando aparecen los problemas, aparecen tarde. No por mala intención, sino porque faltó ese intercambio temprano donde se ajustan supuestos, se comparte criterio y se alinean expectativas.

Con los agentes esto se intensifica. Ya no estamos hablando solo de pedirle a la IA que produzca contenido, sino de delegar pasos completos. El agente busca, organiza, ejecuta, propone decisiones. Eso puede aumentar productividad de forma real, pero también reduce los puntos de contacto humanos donde antes detectábamos riesgos y construíamos confianza. En otras palabras, no solo cambia lo que hacemos, cambia con quién lo hacemos.

Y aquí está el punto que me importa subrayar. Si “Yo + IA” reemplaza demasiadas conversaciones, no perdemos únicamente cercanía. Perdemos contexto compartido. Perdemos aprendizaje informal. Perdemos esa capacidad de anticiparnos como equipo. El resultado puede ser paradójico. Más velocidad en lo individual, más fricción en lo colectivo.

Tres decisiones para implementar IA sin romper cultura

No creo que la solución sea “usar menos IA”. Tampoco creo que la solución sea obligar a todo el mundo a volver a dinámicas presenciales como si nada hubiera cambiado. La salida es decidir bien qué automatizas y qué no.

Lo resumo en tres. Automatiza lo que no necesita relación. Protege lo que construye confianza. Crea prácticas que reemplacen lo espontáneo perdido.

1) Automatiza lo repetible

Hay tareas que no deberían consumir ni minutos de conversación humana. Restablecer contraseñas, clasificar solicitudes, generar reportes rutinarios, redactar respuestas estándar, organizar información, preparar borradores. Todo eso puede y debe automatizarse.

La trampa está en creer que automatizar lo repetible es el final del camino. No lo es. Es el inicio. Porque cuando lo repetible se resuelve solo, queda más expuesta la parte que sí requiere criterio. Y ahí es donde muchas organizaciones se equivocan. Pasan de “automatizar lo simple” a “automatizar por defecto”, sin preguntarse qué están desplazando.

2) Protege lo que construye confianza

Hay conversaciones que no se pueden tercerizar a un agente sin perder algo importante. Revisiones de negocio, conversaciones estratégicas, definición de prioridades, negociación de expectativas, evaluación de riesgos, conversaciones difíciles, feedback real. Todo lo que implica leer el contexto, entender matices, sostener una relación y construir confianza.

Esto aplica tanto hacia adentro como hacia afuera. En equipos, porque la confianza se construye con interacción. Con clientes, porque la lealtad de largo plazo no se sostiene con respuestas perfectas, sino con comprensión y consistencia.

Una organización puede ser muy eficiente y al mismo tiempo volverse fría, distante o incoherente. Y eso no se nota al principio. Se nota cuando el talento se desconecta o cuando el cliente siente que ya no hay alguien que “entienda lo que está pasando”.

3) Crea prácticas que reemplacen lo espontáneo perdido

Este punto es el más subestimado. Antes, muchas conversaciones valiosas ocurrían de forma informal. La pregunta rápida, el intercambio de ideas en un pasillo, el “¿tienes dos minutos?”, el comentario que te cambia una decisión. Con “Yo + IA” eso se reduce, porque muchas de esas dudas y borradores ahora se resuelven en silencio.

Si no se diseña un reemplazo, lo espontáneo no vuelve solo. Por eso los líderes tienen que crear prácticas simples para recuperar lo que se está perdiendo. No más reuniones eternas. Prácticas pequeñas y sostenidas.

Algunos ejemplos que funcionan

  • Un espacio semanal corto de co-creación, donde se discutan decisiones, no actualizaciones.
  • Revisión por pares en entregables críticos, incluso si el primer borrador lo hizo la IA.
  • Prácticas de mentoría y aprendizaje, porque el conocimiento no se transfiere solo con documentos.
  • Momentos de alineación explícita cuando hay agentes involucrados. Qué decide el agente, qué decide una persona, qué se valida sí o sí.

Lo importante es este principio. Si la IA está reduciendo interacción informal, el trabajo necesita nuevos “puntos de encuentro” que no dependan del azar.

Liderar con claridad en 2026

Cuando el trabajo se acelera, el liderazgo se vuelve más visible. No porque la gente necesite discursos, sino porque necesita criterio. La IA aumenta velocidad, pero también aumenta ambigüedad si no existen acuerdos claros sobre qué se automatiza, qué se valida y qué decisiones siguen requiriendo conversación humana.

Por eso, cuando se habla de líderes auténticos, yo no lo leo como “marca personal”. Lo leo como coherencia en la práctica. Un liderazgo auténtico no es el que se muestra más. Es el que puede explicar el porqué, poner límites claros y sostener consistencia cuando todo presiona por entregar rápido. Ese tipo de liderazgo evita confusión, alinea expectativas y protege algo que hoy está en juego. La confianza.

Esto se vuelve más exigente con equipos distribuidos y colaboración mediada por herramientas. La gente está pidiendo claridad sobre propósito, flexibilidad con reglas del juego explícitas y una inversión real en bienestar que no sea decorativa. No por moda, sino porque trabajar en alta velocidad sin acuerdos termina pasando factura en desconexión, rotación o ejecución mediocre.

Y aquí hay una confusión frecuente que vale la pena nombrar. Muchas organizaciones van a medir adopción de IA y van a pedir “más uso”. Eso puede ser un indicador útil. El problema es confundir uso con madurez. La madurez aparece cuando hay gobernanza, cuando la validación está integrada al proceso, cuando se protege el vínculo dentro del equipo y cuando el cliente no vive una experiencia fragmentada.

En 2026 el diferencial no va a ser tener más herramientas. Va a ser liderar el rediseño del trabajo con estructura, sin erosionar la colaboración. Porque la productividad puede crecer rápido. La confianza no.

Para cerrar, “Yo + IA” puede elevar el rendimiento individual y acelerar entregables. El problema aparece cuando ese modelo se vuelve costumbre y empieza a reemplazar conversaciones que sostenían el trabajo en equipo. No se nota el primer mes. Se nota cuando hay malentendidos, retrabajo, decisiones desalineadas o clientes que sienten una experiencia fría y fragmentada.

En 2026, el punto no es usar IA. Es no perder el trabajo en equipo en el proceso. La pregunta es cómo usarla sin perder criterio compartido, sin debilitar la confianza y sin convertir la coordinación en algo improvisado.

¿Qué conversación o interacción humana en tu trabajo crees que debería protegerse a propósito, aunque la IA permita evitarla?

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